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Día 24 — El Pony

Durante seis años recé por un pony. Cada cumpleaños, cada Navidad, cada noche antes de dormir. Estaba absolutamente segura de que Dios, el universo, alguien escuchaba y eventualmente cumpliría.

En mi décimosegundo cumpleaños, mis padres me pusieron una venda en los ojos y me llevaron hacia abajo. Escuché en busca de cascos. Solo había silencio. Me quitaron la venda, y ahí estaba: no un pony, sino una bicicleta usada. En ese momento, decidí que Dios no exisía, o que si Dios exisía, Dios no me amaba. Esa decisión se endureció en una creencia que cargé durante décadas.

Cuando comencé a observar mis pensamientos como olas, finalmente vi esa ola — la ola de «Dios no me ama». La observé surgir. La observé caer. Y me di cuenta: Dios no es una máquina expendedora. Esa ola nunca fue verdad. Era solo decepción tomando una forma. La decepción no es la verdad. Es solo una ola. Obsérvala pasar.

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